Tés de hierbas y otras obsesiones para bajar de peso

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Hace unos diez años, cuando apenas empezaba a escribir, me hice un amigo de un ex-colega cuya obsesión son los tés de hierbas. Vive en la zona sur del país y conoce las plantas curativas con la precisión de un boticario. Es delgadísimo; una menudencia de grandes ojeras y sonrisa maliciosa. Sus vastos conocimientos sobre las mezclas y los sabores me enseñaron bastante sobre mi profesión original y, aunque ya no la ejerzo, le debo mucho gracias a su ejemplo en la disposición hacia su trabajo.

Pensaba en esto cuando nació la inspiración por Tecito de Hierbas, mi primer cuento (auto) publicado. Y, bueno, porque algo me quedó de la obsesión con las aguas de hierbas. No obstante, la idea terminó de concretarse cuando reflexioné sobre la siguiente pregunta:

«¿Por qué las personas toman aguas de hierbas?»

La respuesta es simple: La mayoría de las personas toma tés de hierbas para ayudar a la digestión, aliviar una dolencia o, simplemente, para bajar de peso. Y para mí, como autor de relatos espeluznantes, es extraño que un elemento tan cotidiano se pueda convertir en una historia de terror, ¿no?

Aquí está, precisamente, mi idea inspiradora: en la presión por adelgazar, lugar donde muchas personas encuentran el horror.

Mi amigo es muy delgado pese a beber alcohol como camionero. Es su trabajo. Otras personas también se jactan de tomar aguas para estabilizar su peso, convirtiendo a las aguas de hierbas en una «fórmula secreta». Debido a ese mito, gran cantidad de gente que no logra bajar de peso recurre a esta solución. Basta con observar todas las alternativas que existen en el pasillo del té en el supermercado. Los infocomerciales prometen ofertas tentadoras. ¡Llame ya! ¡Aproveche esta oferta exclusiva para la televisión!

El problema es que no todas las fórmulas sirven para bajar de peso. Sin embargo, la ansiedad y la presión por obtener la figura ideal a través de atajos es la puerta de entrada para que los embaucadores saquen provecho, sembrando una falsa esperanza que jamás muere.

Porque, como dice el dicho, «la esperanza es lo último que se pierde».

Así me puse a darle vueltas al asunto. La conclusión es una triste realidad.

En primer lugar, ¿por qué existe esa obsesión por bajar de peso?

Solo una persona delgada puede ser vista como una persona. Ese es un problema que heredamos de la época anterior. La única variedad es que ahora la tendencia afecta a ambos sexos.

Lamentablemente, en la cultura patriarcal, las mujeres fueron las más perjudicadas. Aún lo son. Por algo la protagonista de «Tecito de Hierbas» es una mujer. Debido a esa razón, orientaré mis críticas a las vejaciones que vive el sexo femenino más que al masculino.

Históricamente, aceptémoslo, la mujer estuvo condicionada para ser un objeto del hombre, como una mascota, como un mueble. Obviamente, los hombres querían objetos deseables, perfectos. Una mujer delgada. Aún ahora varios están dispuestos a pagar por ello: casa, regalos, salidas a comer, viajes, etc; cosas que son intercambiables para tener la fidelidad de ese objeto tan deseado.

En otras palabras, una mujer delgada es una mujer por la cual pagar para mantener. En este caso, el bienestar de una mujer estaría determinado por el nivel socioeconómico de su amo. Cariño en verde.

Suena un poco frívolo si lo miramos desde el punto de vista femenino. Es como decir que las mujeres aceptan ese trato de buena gana, pero no es así. Hay un trasfondo mayor.

Las mujeres, al igual que todas las personas, buscan crecer y desarrollarse. Avanzar. Pero, para ganar un lugar en el mundo, deben hacer frente a una cultura históricamente machista, que las juzga como objetos. Si todos los recursos están secuestrados por hombres, ¿cómo hacer para acceder a ellos? Controlando a los hombres, y dándoles lo que quieren: una buena figura.

De otra forma, si el objeto no es atractivo, ¿por qué pagar por él?

Esto fue lo que se perpetuó durante siglos e, inclusive, milenios. La normalidad se mantuvo gracias a una educación social traspasada generación tras generación, y que afectó las expectativas de vida de ambos sexos. Para los hombres, la masculinidad se asocia al nivel de la mujer que puede conseguir. Así, se le enseñó a todo hombre que debía querer sexo con una obra de arte, no con una persona. Es una señal de triunfo. De la misma forma, se les enseñó a las mujeres que ser una obra de arte abría el camino a una vida plena, al lado de un hombre exitoso o, al menos, bien ponderado. Porque solo una mujer delgada es competencia para conseguir el amor de un «buen hombre», y solo así conseguirá satisfacer todos sus deseos terrenales.

Es decir, las virtudes humanas nunca importaron. Una vez que las mujeres perdieron todos sus derechos como personas, los valores personales se transformaron en un mero triunfo moral. Aún quedan resquicios de ello.

Por suerte, la era de la tecnología hace accesible el conocimiento como nunca antes, y eso engendra un mayor poder de decisión en las personas. La cultura patriarcal cambia gracias a que las mujeres saben que no merecen un trato injusto para poder avanzar como personas.

Sin embargo, el mensaje perdura: «debes bajar de peso para vivir bien». Suena ridículo, pero nos acostumbramos a pensar de una manera estúpida. Somos primates después de todo.

Signos femeninos ahorcando con sus cadenas al símbolo masculino

Mujer delgada, mujer exitosa

Emulando la premisa, solo una mujer delgada puede ser vista como una mujer propiamente tal, y la cultura basura se encarga de implantar esa imagen en nosotros. Basta con ver la presión que tienen las mujeres importantes para tener buenas figuras. Para muchos, todavía, su aprobación depende de ello.

En otras palabras, las mujeres deben ser delgadas si es que quieren ser protagonistas.

La publicidad y las comunicaciones son las grandes perpetuadoras del modelo. Constantemente, vemos mujeres delgadas en los spots publicitarios ─fundamentalmente en productos de belleza y ropa─, como presentadoras de televisión, actrices de papeles protagónicos y, salvo la política, en toda aquella mujer que represente una figura importante. En conclusión, la publicidad nunca contempló la salud antes que la imagen, pues para una mujer ser admirada es el objeto culmine del bienestar.

Obviamente, las excepciones a esta regla aumentan gracias al cambio de época; pero siguen siendo minoría. Aún está inserto el chip de la mujer delgada.

Todos estos detalles por la imagen delgada de una persona son codificados como una vía al éxito. Incluye también a los hombres. Finalmente, terminamos engañados, obsesionados con la apariencia para estar más cerca de cumplir nuestros objetivos; pues una buena figura te mantendrá en la lista para conseguir esas cosas que deseas: una bonita casa, ropa atractiva, el interés de las personas que te gustan, la admiración del entorno. TODO.

El caso más emblemático es el de la muñeca Barbie. En el libro de mi amigo Álvaro Opitz, «La medida de todas las cosas», relaciona esta publicidad con el tema de la imagen y cómo somos capaces de sacrificar nuestra salud y nuestra vida por bajar de peso. Lo recomiendo totalmente. Lo considero parte importante para el desarrollo de esta temática.

Por otro lado, hay idiotas que promueven esta situación por anhelos ridículos. Me tocó ver varias veces que una mujer consiguió un sueldo jugoso o ascendió en el puesto gracias a idiotas disfrazados de jefe que buscaban aprobación, buena compañía, y la posibilidad de tener sexo con ellas. Esto se permite porque quienes están en las posiciones de poder encubren el ascenso con el valor del esfuerzo. Como el esfuerzo no es una característica que se puede medir, es fácil tomar una medida subjetiva como algo verdadero.

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La Niña Muerta

Un mini fanzine con la historia de una chica que fue confundida con una niña muerta. Ella no lo estaba.

¿Y qué pasa con la gran mayoría de mujeres que no encajan en este sistema?

En la historia que contaré a continuación, viene la gran inspiración para «Tecito de Hierbas». Pon atención.

Trabajé tres años en retail. Ahí conocí a una chica aguerrida, con carácter y, sobre todo, inteligencia. Podía haber estado en cualquier compañía ejerciendo un buen cargo en su profesión, periodismo. Cuando le pregunté, ella me contó con mucha tristeza lo duro que fue ejercer en su profesión debido a su imagen.

Tenía un par de kilos demás. Ni siquiera era fea ni tampoco obesa, solo algo pasada de peso.

Partió su carrera en TV. Aptitudes le sobraban, eso sabían sus jefes, pero decidieron nunca colocarla en pantalla porque «llenaba toda la cámara». La enviaron a servir cafés, comunicarse con producción y cosas que nada tienen que ver con la profesión. A quienes «servían para la pantalla» sí les dieron la oportunidad. O se sometía a un tratamiento para bajar de peso o se olvidaría de la pantalla. Renunció con la perspectiva de encontrar un lugar mejor.

Estoy seguro de que, para ella, el Infierno es un lugar muchísimo más agradable.

Entró a una agencia de publicidad como asistente de comunicaciones. Estuvo dos años allí, al alero de una jefa inteligente, pero valorada por su buena figura. A ella siempre le tuvo respeto por intentar ayudar y no dejarse engañar por el demonio de la imagen. Sin embargo, el resto de sus compañeros de trabajo se propusieron como meta usar el bullying para descargar sus frustraciones.

El resto de sus compañeras sí «pertenecían» a ese ambiente. Eran chicas delgadas.

Un día, esta chica decidió que no quería ser más maltratada, y se puso a régimen. Una cosa espantosa y estricta, totalmente lejos de un ambiente saludable. En pocos meses logró una buena figura, casi tanto como una chica de comercial. Y, de pronto, luego de dos años trabajando allí y soportando estupideces, las jefaturas (casi todas comandadas por hombres) notaron que ella trabajaba allí. La miraban. La solicitaban para entregar los informes.

Por fin era una mujer querida. El costo: su salud. Ya con su meta cumplida, renunció y no quiso saber más de los ambientes tóxicos.

Una prueba más de que la propia imagen determina el lugar que tienes que ocupar en la sociedad o la consecución de tus propios sueños. La psicosis comienza cuando estas personas se proponen hacer lo que sea para lograrlos.

La buena vida no mide 60 cm de cintura

La mina del amor propio

Conseguir satisfacer nuestras necesidades requiere sacrificio y esfuerzo. Entonces, si eres mujer y quieres tener un buen futuro, debes cambiar el estilo de vida para verte como una diosa. Sin embargo, no todas tienen tiempo o tanta energía para cocinar para sí mismas o para llevar adelante un plan de ejercicios. Hay más cosas de las que ocuparse, sobre todo si eres mujer: casa, niños, aseo, imagen y una pila de obligaciones impuestas por tradición machista.

El problema está que, en vez de comprender la falta de motivación, se les discrimina ferozmente. La presión continúa hasta el peligroso nivel de minar la auto-percepción personal. Porque si no te ves divina, ¿qué eres? ¿Mereces estar viva?

El sistema te dice: «jamás serás feliz». Este miedo es el que obliga a las personas a preferir los atajos, las «fórmulas milagrosas».

No sé. En este país, buscar atajos y oportunidades es señal de admiración. No importa si aquello es inmoral; lo importante es aprovechar la oportunidad sin arrepentirse.

Las compañías que elaboran estas super-recetas se aprovechan de esto. Provocan un «dolor» ─en publicidad, es una forma maliciosa de persuadir a las personas para conseguir lo que más desean─; es decir, te meten el dedo en la llaga de la vanidad y de la superación. Minan el amor propio, diciendo, literalmente: «Yo te puedo hacer exitosa». «Vas a estar en el lugar que quieres si pruebas mi fórmula». Ofrecen una solución a tu problema, aunque les da lo mismo si resulta o no. Quien quiere resultados debe arriesgarse a probar.

En mi experiencia, las fórmulas express que no sirven absolutamente para nada más que para embaucar a las personas. Te tomas una fórmula y no tiene resultados. Cambias de fórmula, y nada otra vez. Cambias de fórmula nuevamente, y no pasó nada. Y, para evitar caer en la vergüenza, vuelves a comprar cientos de fórmulas más. Así alimentan a las mujeres con la esperanza de lograr sus objetivos en algún momento, cuando la fórmula finalmente resulte.

Al final, cuando ya están cansadas, solo queda la decepción consigo mismas. Así como mi amiga, que perdió todas sus ganas de luchar para conseguir un mejor destino.

Me pregunto: las mujeres que son esclavas de estas fórmulas, ¿habrán contado el dinero que gastaron en esas cosas? Quizás tendrían un auto. O una propiedad. O serían dueñas de un imperio. No necesitaban ser delgadas para eso.

«Tecito de Hierbas» para bajar de peso

Si lo analizas bien, esta es una de las tantas auto-lesiones en que incurren las mujeres para conseguir sus sueños, tal como el maquillaje y las cirugías para hacer del «objeto» algo más atractivo. Sin embargo, suena estúpido tener que hacerse daño para poder conseguir los objetivos sin siquiera estar cerca de conseguirlos.

Es cierto, las cosas están cambiando, pero aún queda mucho trecho y es necesario rebelarnos ante ese sistema. Todos, sin importar el sexo.

Fue así como decidí cambiar el tema y renovar toda la historia con una moraleja poderosa: ¿vale la pena engañarse de esa manera para adelgazar? ¿O es que adelgazar para conseguir esa figura es el verdadero engaño?

Ese es el calvario de Mandy, la protagonista, quien debe enfrentarse a un té brujo como una personificación de todo lo que nos enseñaron para conseguir nuestros deseos. Aunque, en esta vida, no todos los deseos salen como queremos, ¿cierto?

Porque, sin el uso de sus propias capacidades, ¿de qué le servirá un cuerpo bonito?

El valor de las personas está en sus actitudes. Conseguir sus objetivos de vida depende de cómo se cultivan esos valores. Al final, dará lo mismo si son delgadas o gordas para obtener lo que desean (aunque, claro, está la variable salud).

Es mi forma de decir que confíen en sus habilidades.

Y tú, ¿ya leíste Tecito de Hierbas? ¿Qué te pareció?

¿Has estado en algúna situación horrible con estos tratamientos para bajar de peso?

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